jueves, 12 de octubre de 2017

Roger Scruton




La búsqueda de la belleza hace del mundo nuestro hogar, amplía nuestras alegrías y consuela nuestras penas. 

El relativismo es el primer refugio de los canallas.

Un filósofo que diga “no hay verdades, solo opiniones”, se arriesga a que le pregunten: “¿Eso es una verdad o una opinión?”.

Una sociedad libre es una comunidad de seres responsables, unidos por la benevolencia y las obligaciones del amor familiar.

El matrimonio no existe para beneficio de la presente generación, sino de la siguiente. 

El vino no solo es un objeto de placer, sino de conocimiento.

La belleza está amenazada por el culto a la fealdad en el arte, y por el culto a lo útil en la vida ordinaria. 

Para ser original, un artista también debe pertenecer a la tradición de la que parte. 

Ser impopular nunca es fácil, aunque serlo por una buena causa es una garantía frente a la desesperación. 

La música es el ejemplo perfecto de algo que está en este mundo pero que no es de este mundo.

Cuando los políticos fallan, sus esfuerzos no se dirigen a cambiar, sino a cambiar la creencia de la gente de que ellos han fallado.

En ausencia de una religión organizada, el único vehículo de redención es el arte.

El feísmo convirtió el arte en una broma que hace ya tiempo dejó de tener gracia.

Los grandes artistas del pasado sabían que la vida está llena de sufrimiento, pero tenían un remedio: la belleza. 

La obra de arte bella trae consuelo en la tristeza, afirmación en la alegría, y muestra que la vida vale la pena. 

Nuestras instituciones docentes han dejado de salvaguardar la cultura, al tiempo que la vida pública se ha imbecilizado de forma deliberada.  

La oración y la penitencia se han interrumpido, pero no olvidado. Así que la vida ética sigue siendo posible para quienes deseen recuperarla en las catacumbas de la alta cultura. 

Confucio no ofrecía una filosofía, pero nos animaba a vivir como si nuestros actos tuvieran consecuencias eternas.
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domingo, 1 de octubre de 2017

Rebelión en la Granja


Inquietante similitud entre lo que ocurre en el Nordeste y en Animal Farm, donde los cerdos convierten a la mitad del personal en tontos útiles.

martes, 26 de septiembre de 2017

También Serrat



La posverdad catalana nos descubre ahora que Serrat ha sido criptofascista durante medio siglo. Mientras me recupero, leo a Edurne Uriarte y no me resisto a transcribir dos párrafos de su columna en ABC:

ESPAÑOLES QUE NO FACHAS
JOSÉ Luis Rebordinos, director del Festival de Cine de San Sebastián, defendió hace unos días el punto de vista humorístico de la película Fe de etarras afirmando sobre ETA que «por supuesto que hablamos de una banda fascista y asesina». Pues no, además de banda asesina, ETA es ultranacionalista y comunista, pero no fascista, rasgo ideológico que nunca estuvo en su ideario. Pero vivimos en un país en el que hay que recordar este dato tan conocido una y otra vez, porque la izquierda ha impuesto determinada lectura manipulada de la realidad según la cual no sólo el comunismo es estupendo o no existe la xenofobia en el nacionalismo catalán o vasco, sino que todo lo que no les gusta es fascista, aunque sea abiertamente ultraizquierdista como es el caso de ETA.

En ese ambiente falsificado durante décadas se moviliza estos días la sociedad civil española en contra del golpe independentista. Y por eso alguno de los vídeos que circulan por las redes sociales clarifica que los contrarios al referéndum ilegal y partidarios de nuestro sistema democrático y descentralizado y de la unidad de España no somos «fachas», sino españoles. Y hay que perder el tiempo explicando esta obviedad porque llevamos décadas de adoctrinamiento ideológico, según el cual los nacionalismos extremistas como el catalán que acaba de saltarse todos los procedimientos democráticos y legales son «progresistas», mientras que el nacionalismo español democrático y defensor de uno de los Estados más descentralizados del mundo es «facha».


lunes, 25 de septiembre de 2017

La evangelización de los católicos



El objetivo de este libro, magníficamente traducido y editado, es doble: enseñar a los católicos la grandeza incomparable de su fe, para que la vivan a fondo y se animen a mostrarla a un mundo que necesita su testimonio. En ese sentido, los capítulos centrados en la familia me han parecido de enorme interés y actualidad.

El autor, Scott Hahn, es un marido atípico. Y no lo digo porque tenga seis hijos con Kimberly Kirk. Me refiero a su trabajo como profesor de Teología y Sagrada Escritura en una universidad norteamericana. Tampoco es habitual que un católico haya sido durante años pastor protestante. Pero el rasgo que lo convierte definitivamente en rara avis es su calidad como escritor, lograda a base de dominio del lenguaje, amenidad y pedagogía. Para constatarlo bastaría con leer sus primeras páginas, o las dedicadas a comparar el papel de la mujer entre los romanos paganos y entre los romanos cristianos (págs. 92 a 97), basadas en el libro La expansión del cristianismo, del sociólogo Rodney Stark.

Me voy a detener en el cuadro que traza de la vida de la mujer –tanto la rica como la pobre- en el antiguo Imperio Romano. Nada agradable, por cierto. Para empezar, muchas no vivían más de un día, pues el mundo romano las veía como una carga, no como una bendición. De manera perfectamente legal, alegando cualquier motivo, los padres podían abandonar o asesinar a sus hijas recién nacidas. Datos arqueológicos corroboran este inhumano privilegio patriarcal. Los censos de población indican que por cada cien mujeres adultas había ciento cuarenta varones. En la ciudad de Roma se han descubierto sumideros literalmente obstruidos con restos de recién nacidos.

Las niñas romanas, después de recibir poca o ninguna educación, eran casadas al llegar a la pubertad, a menudo con hombres mucho mayores. La ley nunca les permitiría tener posesiones, y su marido podía divorciarse en cualquier momento, sin alegar motivo alguno. Además de compartirla con amantes y prostitutas, su esposo la podía obligar a abortar, con tantas posibilidades de morir como de quedar estéril.

A diferencia de esa infernal existencia femenina, a las mujeres cristianas del Imperio les iba muchísimo mejor. Siguiendo las leyes del pueblo judío, las comunidades cristianas prohibían tajantemente tanto el infanticidio como el aborto. Prohibiciones similares condenaban el divorcio, el adulterio, las relaciones contra natura y lo que hoy lamamos violencia de género. A los maridos se les instaba a amar a sus mujeres “como Cristo amó a su Iglesia”. Por todo ello, el cristianismo era sumamente atractivo para las mujeres, y mientras la Roma pagana agonizaba, la Roma cristiana florecía.
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viernes, 15 de septiembre de 2017

Chesterton por España



En tres ocasiones vino con su esposa a nuestro país, en busca del sol mediterráneo, cuando todavía sus obras no se habían traducido al castellano. Ahora se pasea por las librerías españolas como Pedro por su casa, y te da la oportunidad de contar su apasionada vida ante públicos siempre agradecidos, de Bilbao a Murcia, de Madrid a Sevilla, prestando tu voz a sus magníficas palabras.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Fondo y forma en Lucia Berlin




Algo bulle, hormiguea, hierve y ruge en todas las historias de Lucia Berlin. Ese algo es la vida, su propia vida: una carrera de obstáculos a lo largo de siete décadas, un desasosiego que no cesa, que hincha las velas de sus narraciones desde la primera línea hasta el punto final. Confieso que he vivido, podría decir ella también. Pero no pacíficamente ni a lo grande, sino zarandeada por los vientos furiosos de duras circunstancias familiares: un padre que trabaja demasiado y apenas se deja ver; una madre que se encierra en su habitación con una botella; cambios de ciudad y de país; inadaptación a los nuevos colegios; un curso vertiginoso en la universidad; alcoholismo; ligereza sexual que roza la adicción…

Al final, setenta historias breves para contar escuetamente sus setenta años. Los de una mujer hermosa que decide exprimir sus días y es ella, qué pena, la que acaba exprimida, tirada con frecuencia en la cuneta, rota. Lucia se levanta y se recompone una y otra vez, porque con treinta años y tres divorcios debe sacar adelante a sus cuatro hijos. Por ellos trabaja como telefonista, auxiliar de enfermería, administrativa, profesora de español y mujer de la limpieza, mudándose de casa y cambiando constantemente de trabajo.

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) es una exigente selección de cuarenta y tres relatos, que se presentan por primera vez en español. Historias donde pasan muchas cosas a la vez, manejadas con el virtuosismo de pies y manos sobre los platillos y los tambores de una inmensa batería. El resultado es vivaz, alegre, expansivo, maravilloso. Cada palabra parece haber superado un riguroso casting. Cada frase ha sido tallada como un diamante, con una condensación de información relevante capaz de encerrar en una mirada un mundo, un infierno en una alusión. Información ensamblada con mecánica de precisión, para insuflar vida a personajes y situaciones que nos parecen más reales que la misma realidad, donde la escritora interpreta al mismo tiempo los papeles de héroe y antihéroe, a veces con una inconsciencia o irresponsabilidad que dejará secuelas irreversibles. Estamos, por comparación con otro maestro, ante el realismo sucio de Carver, a veces más sucio y desagradable, a veces más tierno y humilde, con gotas inesperadas de humor benévolo.

También estamos ante una valiosa lección de antropología. En su vejez, Lucia reconoce que “todo lo bueno o malo que ha ocurrido en mi vida ha sido predecible e inevitable, en especial las decisiones y los actos que han garantizado que ahora esté completamente sola”. Ella se hizo y se deshizo a sí misma, no una vez sino muchas, y asume su culpa con valentía. Pero creemos que se equivoca al juzgar inevitable su trayectoria. Puede ser inevitable cosechar tempestades cuando siembras vientos, pero nadie te obligó a abrir la caja de Pandora. Si bebes a diario y sin medida serás alcohólica, y la infidelidad a tu marido acabará en divorcio, pero beber y traicionar fueron elecciones libres. Dicen que la naturaleza no perdona nunca. 

Los relatos de Lucia Berlin recuerdan a los guiones de Woody Allen. Él y ella construyen historias donde los personajes parecen marionetas de sus propios impulsos; vidas donde cualquier idea sobre el deber o la responsabilidad es sofocada por una maleza de deseos y sentimientos que crecen sin control; hombres y mujeres jóvenes que no llevan las riendas de sus conductas y se abandonan al escapismo inmaduro del carpe diem; que parecen incapaces de mantener ese compromiso estable que llamamos fidelidad, y que por ello pagan la elevada factura de la infelicidad. Lucia Berlin intuye – como todo el mundo- que la clave de la felicidad es el amor, pero tal vez desconoce algo que Platón expresó de forma insuperable: que con la efigie del amor se acuña mucha moneda falsa. A pesar de todo, esa hermosa mujer y sus personajes nos conmueven hasta el fondo. Porque nosotros somos como ellos. O podríamos serlo. 
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sábado, 2 de septiembre de 2017

Celia en la revolución


La escritora española Elena Fortún (1886-1952) vivió la Guerra Civil en la España republicana. Fruto de su experiencia es la novela Celia en la revolución, escrita en 1943 y rescatada por la Editorial Renacimiento en 2016.

Celia, protagonista y narradora, tiene dieciséis años y cuenta lo que ve en Madrid, Valencia, Barcelona y Albacete. Sobre todo en Madrid: el hambre atroz, las bombas, el odio, las ejecuciones criminales, y también la solidaridad. Fortún es republicana, pero no se decanta por las derechas o las izquierdas, da la voz a unos y a otros, y también a quienes no se adscriben a ningún bando, como hizo Chaves Nogales en A sangre y fuego. Narración objetiva, en la medida que la objetividad es posible en un proceso histórico de apabullante complejidad, como constata Julián Marías en La Guerra Civil, ¿cómo pudo ocurrir?

Celia en la revolución es un testimonio estremecedor sobre la lucha por la vida, sin ceder al victimismo. El lector se siente cautivado por un estilo sencillo y directo, inteligente y poético, al servicio de pequeños episodios tiernos y crueles, humanísimos y desgarradores, con el amor a la familia por encima de todo. Es la novela que le hubiera gustado escribir a Baroja, asegura Andrés Trapiello en el prólogo.