miércoles, 12 de enero de 2011

Calpurnia Tate



Rocaeditorial
me envía esta atractiva novela donde bullen siete hermanos con edades entre 5 y 17 años. Calpurnia, con 12, en medio de seis chicos. Viven en un pueblo de Texas, en una plantación algodonera de su propiedad. Van a entrar en 1900, convencidos –por el teléfono y el automóvil recién inventados- de cabalgar a lomos de un progreso imparable.

El abuelo, sabio naturalista, admite la colaboración de su nieta en su tarea investigadora, le contagia el asombro por la naturaleza, le enseña a tomar muestras y a llevar un control diario de los experimentos en el laboratorio. Así despierta en la niña el deseo de dedicarse a la ciencia y de estudiar en la Universidad. Por la atracción de ese sueño se le atragantan a Calpurnia las lecciones de bordado, cocina o piano que debe recibir, y cualquier otra tarea doméstica. Es una chiquilla vivaz, sensible, inteligente. Pero sus relaciones con su madre y su abuelo –a quienes la autora pinta, respectivamente, como mujer anticuada y educado científico- me parece que han sido planteadas desde una simplista oposición entre autoridad y libertad, religión y ciencia, tradición y progreso.

Las peripecias de los siete hermanos –en casa, en la escuela, en el pueblo- están narradas con maestría y confieren al relato un ritmo vivo y una gracia notable. De alguna manera, sin embargo, estamos ante una novela de tesis. Y no por la frivolidad de poner a Darwin por encima de Aristóteles, sino por una constante reivindicación feminista, encarnada de forma poco creíble en Calpurnia. En cualquier caso, los lectores jóvenes quedarán cautivados por la simpatía de la protagonista, y esa circunstancia ofrece una ocasión excelente para que una madre explique a una hija que –como escribió Chesterton- en su hogar, una mujer ha de ser decoradora, cuentacuentos, diseñadora de moda, cocinera, profesora, economista… Más que una profesión, desarrolla unas cuantas aficiones y todas sus cualidades. Por eso el hogar no hace a la mujer rígida y estrecha de mente, sino creativa y libre. En el caso que nos ocupa, alimentar, vestir y educar a una tropa aguerrida de niños no es precisamente una aburrida esclavitud, sino una tarea mucho más sacrificada, sutil y enriquecedora que dedicar la vida a clasificar saltamontes.